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El sótano del miedo y Milagritos la gótica

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Y seguimos con Kristoff, fuente inagotable de anécdotas hoy, ayer y siempre. Y hoy, por primera vez, hace su aparicion Lilith, la novia de Kristoff (sí, su novia).

Este domingo es el cumpleaños de Kristoff. Como todo gran evento conlleva organizar los preparativos con meses de antelación. El más importante: elegir su regalo. Pero con Kristoff no tienes que romperte la cabeza para saber qué regalarle. Él mismo elige su propio regalo por ti. Como no puede ser de otra manera, este año sólo quiere que le regalemos Barbies de colección. Cuando le dio por las action figures de superhéroes sólo aceptaba Batmans, Lobeznos paquetones o Tomentas. Si osabas regalarle una colonia te la rompía en la puta cara. Este año igual. Pero este cumpleaños ha decidido que la Barbie que le tienes (‘tienes’, palabra clave) que regalar tiene que estar relacionada contigo.

Kristoff tiene una cómplice en su locura: su novia Lilith. Lilith se llamaba María de los Milagros pero para una gótica llamarse así es una vergüenza, así que se lo cambió por Lilith. Ahora en su DNI pone Lilith Morcillo, que no suena muy terrorífico, pero qué le vamos a hacer. Yo a veces me despito y la llamo Milagritos, que es como la llamábamos antes de volverse demonia, pero ella como si oyese llover. Ya le puedes decir “¡Milagritos, corre, que tu látex negro está ardiendo!”, que ella no se reconoce y se queda impávida.

Obviamente os estaréis preguntando cómo es que Kristoff tiene novia cuando hace dos días estaba meando a un señor con una correa de perro puesta. Ellos son novios, pero sólo en teoría, vaya. No hacen usufructo del matrimonio, digamos. Son los Alaska y Mario Vaquerizo de Majadahonda. Resulta que han intentado muchas veces buscar novios ambos dos, pero nadie parece encajar en sus peculiares vidas. Hasta que un día se dieron cuenta que estaban hechos el uno para el otro. Y ahí están.

A Lilith también le apasionan las Barbies. Yo pensaba que para una gótica las Barbies son el demonio (o Jesucristo, en su caso) y que donde se ponga una Emily The Strange que se quite esa muñeca feliz y bronceada. Pero ya véis que no podéis dar nada por hecho en el universo Kristoff-Lilith. Milagritos, perdón, Lilith ha decidido ir un paso más allá y ha montado un negocio. Compra Barbies por e-Bay y luego las vende. Las guarda todas en su casay ahí es donde Kristoff y Lilith nos tendieron una trampa.

Invitaron a todos sus amigos a casa de Lilith (por separado, para no levantar sospechas, y bajo diferentes excusas) y allí nos encontramos todos. Parecía una novela de Agatha Christie. En cualquier momento me esperaba que cerrase las puertas y las ventanas y no pudiésemos salir nunca más. Como en ‘El Ángel Exterminador’. El terror fue en aumento cuando Lilith (vestida con corpiño rojo, botas New Rock y con lágrimas de sangre dibujadas en la cara…WTF?) nos hizo bajar uno a uno al sótano. Lo peor de todo es que los que bajaban al sótano no volvían nunca. Llevaban cinco amigos sin aparecer cuando me tocó bajar a mí. Y ahí me tenéis bajando a un sótano oscuro con el tembleque en las piernas. No es que piense que el gótico es un ser peligroso (y si lo es, lo es consigo mismo cuando le da por abrirse las venas), pero yo es que me espero cualquier cosa de una persona capaz colgar en su cuarto miembros disecados de Azufre, su gato negro suicidado (se arrojó bajo las ruedas de un Seat León el verano pasado sin venir muy a cuento).

Lilith abrió la puerta y os juro que las bisagras crujieron como en las películas de la Hammer (o no, pero fijaos lo aterrado que estaba). Cerré los ojos y cuando los abrí esperaba encontrarme una orgía satánica de sangre, pero no. Aquellos parecía Disneylandia. Todo el mundo reía. Había luz. Fantasía. Y Barbies. Muchas. Descubrí que el sótano es el almacén de Barbies de Lilith, listas para su venta. Allí estaba Kristoff con los ojos en blanco de placer (y los otros cinco desaparecidos). Kristoff me dijo que debía elegir una Barbie de todas aquellas para regalarle. Vaya, como en las bodas. Esa era su lista de bodas. Como cuando nuestras madres van a El Corte Inglés a comprar la picadora Moulinex a la prima Angelita que se casa.

Había preseleccionado tres para mí. Tres que, supuestamente, tenían que ver conmigo. Debía elegir una. No supe muy bien cómo tomármelo porque una era una especie de gata zorrón sentada encima de un zapato gigante (¿?), otra la Barbie Erica Kane (un personaje de soap opera) y, por último la Barbie Pilgrim (o sea, la Barbie Pionera americana), que fue la que elegí. No se podía pagar más tarde ni a plazos, así que amoché el precio de la Barbie allí mismo. Y ya me podía ir. Con mi Barbie a cuestas, claro, que se la tenía que envolver y dar el domingo como si aquella trampa en el sótano no hubiese tenido lugar nunca.

Más tarde me llamó Kristoff para preguntarme que si me había molestado la encerrona porque me había visto un poco serio. Yo le mentí un poco y le dije que no porque le había visto muy ilusionado y no soy quien para arrebatar las ilusiones de otro ser humano. Entonces es cuando me soltó algo que me dejó sobrecogido: estaba en terapia para quitarse del vicio de las Barbies. Muerto me dejó. Estaba yendo a la psicóloga porque veía que aquello estaba yendo demasiado lejos. Pero que cuando parecía que estaba haciendo progresos aparecía Lilith con tres Barbies recién llegadas de Estados Unidos (y con la caja de caudales también, claro). Me dijo que Lilith es como los traficantes de drogas, que nunca te dejan escapar. Está atrapado en ese sótano lleno de muñecas horteras.

Y en los próximos días más.

Por cierto, Alexandra me ha dejado sólo en casa. Se ha ido con su madre, Erica, a México a reencontrarse como madre e hija y como hija y madre también. Como el reencuentro no sea el de Erica con Felipita, la criada a la que deportó de Estados Unidos hace tres años, no sé yo si va a haber otro.

xoxo

Blake

Written by blakecarradine

julio 8, 2008 at 3:14 pm